A BUEN PUERTO

A BUEN PUERTO

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POR SOFÍA ALDUNATE  / FOTOS RICARDO LABOUGLE

Después de años viviendo en grandes ciudades, Rafael del Olmo encontró en Menorca un lugar donde echar el ancla. Frente al puerto de Cales Fonts, el interiorista recuperó una antigua casa y la llenó de recuerdos, arte y espacios para compartir, con el Mediterráneo como protagonista.

El primer café del día tiene un lugar reservado en esta casa de Menorca. Está en lo alto de la escalera, donde coinciden tres vistas especialmente queridas por su dueño, el interiorista español Rafael del Olmo: a la derecha, un mural de Elvira Solana; a la izquierda, los libros y los recuerdos personales; al frente, el mar y los veleros. “Nos da paz”, dice. Esa escena cotidiana resume buena parte de lo que buscó al transformar una vivienda abandonada en su lugar favorito.

El vínculo con Cales Fonts nació en su primera visita a la isla. La pequeña cala, con sus llaüts -las embarcaciones tradicionales de pesca- y sus casas mirando al agua, lo cautivó de inmediato. En este puerto de Es Castell, la vida sigue el movimiento de los barcos y durante el verano, la tranquilidad da paso a un ambiente más animado.

La propiedad formaba parte de ese frente marítimo: una casa catalogada y protegida que llevaba cuarenta años abandonada. Recuperarla exigió una reforma integral, desarrollada con el arquitecto Nando Pons, de ARU Arquitectura. Los trabajos duraron dos años y terminaron en 2024. Se mantuvo la fachada, se preservaron los elementos originales que pudieron rescatarse y se redistribuyeron los espacios interiores y exteriores.

Como dueño e interiorista, Rafael pudo ajustar cada decisión a su manera de vivir. Quería una casa acogedora y abierta, con ambientes amplios y vistas al puerto. Para conseguirlo, redujo el número de dormitorios y dio prioridad a las áreas comunes. También incorporó grandes ventanales correderos que, al abrirse, desaparecen dentro de los muros y conectan el interior con el exterior.

La recuperación se apoyó en materiales y oficios locales. Se utilizó piedra de marés -una arenisca característica de las islas- y los muros interiores se revistieron con una mezcla tradicional a base de cal. Se restauró la mayoría de las baldosas hidráulicas originales, mientras que las vigas respetaron las técnicas de construcción menorquinas. Un carpintero local reprodujo puertas y ventanas para conservar el carácter de la vivienda. En ellas domina el verde, un color que Rafael vincula con la herencia británica de la isla.

La casa se distribuye en dos plantas, un sótano y una azotea. En la planta baja están el dormitorio de invitados, la cocina, la oficina y la salida a un amplio patio con piscina, escenario de las reuniones con amigos. En la primera planta se encuentran el living y su biblioteca, con vistas al puerto, y el dormitorio principal. La terraza del techo se disfruta al final del día, cuando baja el calor y llega el momento de tomar una copa frente al mar.

El mural de Elvira Solana acompaña el recorrido desde la entrada hasta el primer piso. Rafael conocía su trabajo y la contactó a través de las redes sociales. Ambos son del norte de España y la conexión fue inmediata. La artista tuvo libertad creativa para interpretar el paisaje menorquín y la vida de Cales Fonts. Una vez terminada la reforma, dedicó seis semanas a pintar la obra. “Cuando lo ves por primera vez, piensas que el mural siempre estuvo allí”, cuenta Rafael, quien también recuerda las largas conversaciones de lo humano y lo divino con ella en la mesa de la cocina.

Los muebles y objetos aportan otras historias. Hay antigüedades que han acompañado a sus dueños por distintos países de Europa, piezas vintage y hallazgos de los mercados de la isla. Aquí encuentran un nuevo lugar, entre la luz de la mañana y las ventanas abiertas al puerto. “Somos personas que viajan continuamente. La inspiración es una acumulación de experiencias. La casa está llena de pequeños objetos personales y recuerdos”, comenta Rafael.

En el verano llegan los amigos de toda la vida y las jornadas incluyen salidas en su pequeño llaüt y atardeceres con una copa de vino blanco menorquín bien fresco. Habitar la casa también les ha enseñado dónde refugiarse en las horas más calurosas y cómo disfrutar la calma. “Después de muchos años viviendo en grandes ciudades con su vida ajetreada, estamos aprendiendo a disfrutar de la vida slow de un pueblo pequeño”.