POR SOLEDAD GARCÍA-HUIDOBRO / FOTOS CRISTÓBAL PALMA

En Malalcahuello, al borde del Parque Nacional Conguillío, esta casa cruza el terreno. Suspendida como un puente entre árboles nativos, redefine la relación entre arquitectura, paisaje y la forma de habitar.

En los faldeos de la Sierra Nevada, en un terreno atravesado por una vertiente y rodeado de coigües y raulíes, existió una decisión clara desde el inicio: no tocar el bosque. “Decidimos que la casa se debía emplazar de manera de no cortar ningún árbol importante”, explica el arquitecto Max Núñez. Con esto en mente surgió el proyecto que eleva este lugar y lo convierte en un espacio estrechamente vinculado a la naturaleza, pensado como refugio de la vida en Santiago para encontrar “la paz en la energía mágica del bosque”, tal como lo describen sus propietarios.

“Identificamos que la zona menos tupida estaba en torno a la vertiente y así surgió la idea de construir un puente. La casa habita esta estructura”, explica Núñez. El resultado es un espacio de 45 metros de largo que se suspende con la menor cantidad de apoyos posibles, buscando una cierta ilusión de levedad. Dos núcleos de hormigón anclan la estructura: uno de acceso y otro que alberga un sauna, mientras todo lo demás cuelga. La casa nunca se revela completa. Aparece fragmentada entre los árboles, casi como si el bosque decidiera cuánto mostrar.
Pensada como refugio para una familia de esquiadores que frecuenta Corralco, la casa responde a una lógica simple y precisa: un volumen recto donde la vida ocurre en torno a un espacio común central. “La casa se organiza de manera lineal, dejando las áreas de encuentro al centro y ubicando los dormitorios en los extremos”, dice Núñez. Esta distribución permite que el interior funcione como un solo espacio continuo, pero con niveles claros de privacidad.

Al estar suspendida, la relación con el entorno cambia radicalmente. “Los árboles se ven desde una altura que permite apreciarlos en toda su magnitud”, describe su propietaria. Y aparecen, de manera muy próxima, “el follaje, la quebrada y el sonido del agua. El punto de vista que otorga la casa hacia la naturaleza es inédito”, suma el arquitecto.
Esa misma lógica se traslada al interiorismo, donde Ana Domínguez se acopló a la arquitectura. “Trabajé la materialidad como una extensión de la arquitectura: madera, vidrio y metal, buscando continuidad con esta estructura tan técnica”, explica. La elección se pensó para acompañar sin interferir. La paleta sigue esa línea: maderas claras, textiles neutros y una base silenciosa que deja que el bosque haga su trabajo. “La idea era acompañar el paisaje con una atmósfera tranquila y atemporal, donde el protagonismo lo tenga la luz del entorno”, dice Ana. La cocina, por ejemplo, aparece como un gesto contenido pero preciso: el granito verde introduce el paisaje sin necesidad de explicarlo demasiado. “El mismo bosque se incorpora”, resume.

La iluminación refuerza esa idea de contención. “La pensamos como complemento de la luz natural: cálida, puntual y muy sutil, destacando los materiales y generando distintos ambientes sin sobrecargar”, explica la interiorista.
Materialmente, la casa también responde a su contexto. La estructura de acero, prefabricada en Temuco, permitió resolver la complejidad constructiva en un lugar de difícil acceso y clima extremo. En contraste, el interior se reviste en roble americano, una madera clara que aporta luz y calidez en los meses más duros. La estructura queda parcialmente expuesta, haciendo visible la gravedad y el sistema que sostiene todo.
Construida en dos años y con 300 m², Casa Puente se mueve en un equilibrio interesante entre estar y desaparecer en el paisaje, construyendo así una experiencia poco común que despega los pies del suelo y les devuelve el centro a sus habitantes.
