POR MARÍA JOSÉ NAZAR / FOTOS ANA MARÍA LÓPEZ
Madera, fibras y mucho color. En Puertecillo, las interioristas Claudia Somarriva y Alejandra Da-Bove convirtieron esta casa en un lugar tan cálido y generoso como la familia que la habita.

Por décadas, Puertecillo fue el secreto mejor guardado de los amantes de las olas. Los acantilados que caen sobre playas de arena negra, el viento que no da tregua y el olor a bosque que baja de los cerros le dieron un carácter propio, único en la costa central. Es exactamente ahí donde esta familia de seis construyó la casa que siempre había querido. Amplia, abierta, con espacio para mucha gente y para vivirla con total relajo. Para eso contaron con la ayuda de grandes amigos: el arquitecto Juan Luis Martínez Nahuel, a cargo del diseño, y las interioristas Claudia Somarriva y Alejandra Da-Bove (@somarriva_dabove), encargadas de traducir esa arquitectura en espacios con color, textura e identidad.

“La arquitectura responde a una lógica de aldea”, dice el arquitecto. Pabellones interconectados en torno a una plaza central cubierta, volúmenes que se distribuyen sin jerarquía sobre pilotes livianos. Martínez Nahuel diseñó una construcción que parece apoyarse suavemente sobre el terreno, casi suspendida entre los árboles del cerro.
La dueña de casa es artista, y eso se nota. “Existía una búsqueda muy clara por incorporar el color como protagonista, algo muy alineado con su personalidad”, cuenta Alejandra Da-Bove. El concepto que desarrollaron fue “campo-mar”, inspirado en los verdes de la vegetación, los tonos cálidos de la madera y la luz del entorno costero. Una paleta que responde al lugar y no a modas.

Con esa premisa, el verde salvia elegido para el cielo marcó la pauta para todo lo demás. La madera -presente en muros, vigas y pisos- actúa como hilo conductor, acompañada de textiles naturales, fibras y una paleta viva pero equilibrada que se repite en luminarias y piezas decorativas. El resultado es un diálogo entre lo rústico y lo contemporáneo que se siente en cada rincón.
La cocina y la terraza son el corazón de la casa. “Funcionan como puntos de encuentro naturales”, dice la interiorista. Desde un principio se pensaron para una familia muy social, de muchos amigos, con una vida marcada por el deporte y el aire libre. Para los niños y sus amigos se diseñaron las loberas, módulos independientes con dormitorios separados para hombres y mujeres, que refuerzan esa idea de una casa hecha para compartir.

Tiene algo de refugio de montaña, algo de esas casas de playa chilenas de los sesenta que ya casi no quedan. Pero, sobre todo, se parece a quienes la habitan. Generosa, abierta, alegre y muy honesta.