TEXTO: SOFÍA ALDUNATE / FOTOS: ANA MARÍA LÓPEZ

El departamento de José Miguel de la Cerda es como él: entre chapado a la antigua y ondero, clásico pero con chispa, sobrio pero nunca aburrido. Una particular mezcla letrada, sofisticada, atrevida y de buen gusto.

Aunque abogado de profesión, José Miguel de la Cerda tiene una clara veta de arquitecto e interiorista que ha cultivado en paralelo a las leyes, tal como le aconsejó su padre. Con instinto y mucho gusto, ha liderado importantes remodelaciones que combinan negocio inmobiliario, visión y encanto, logrando verdaderas joyitas donde el resto veía poco destino.
Este departamento es parte de ese repertorio y aquí experimentó sin límites, con la libertad de ser el dueño. Botó paredes, eliminó piezas -una la reemplazó por un monumental baño principal, lo que implicó pasar todos los ductos por debajo de la loza-, convirtió jardineras en balcones, amplió la entrada, achicó la cocina, cambió el piso por parquet teñido en un café oscuro y reemplazó las antiguas ventanas por ventanales sin esquinas que regalan vistas al Club de Golf sin interrupciones. En fin, una obra ambiciosa que da cuenta de su audacia y de esa vocación de arquitecto que siempre tuvo.

Gran anfitrión, aquí los rituales importan: los aperitivos son a la antigua, con canapé y petite bouche, los panqueques son muy finitos (a veces coronados con caviar) y los cubiertos y copas jamás son poco. Pero lo que realmente cuenta para José Miguel es que este departamento se ha hecho con tiempo. “Eso es lo bonito que tiene”, asegura. Y agrega: “Con Pablo hemos ido poniendo cosas con historia, rematadas con calma, heredadas, regaladas por gente querida o compradas en lugares especiales”, cuenta.
Hay mezclas, juegos de color, sofisticación y muy buen arte que sostiene el conjunto. Para él, la obra más significativa es un retrato de Eulalia Puga pintado por Enriqueta Petit que cuelga en el comedor. Incluso escribió para Living una columna sobre la relevancia de este cuadro en el arte local. Como explica, Petit fue quien -junto al grupo Montparnasse- introdujo en Chile la vanguardia pictórica, rompiendo con el tradicionalismo imperante. “Ella aportó la mirada, la sensibilidad y la presencia femenina en un tiempo en que pocas mujeres podían ocupar ese espacio”, agrega.

Además de ese cuadro precioso y cargado de significado, aquí conviven obras de Juan Francisco González, un bodegón de Martín Ortiz de Zárate, de Rodolfo Edwards y una pintura de su madre, Isabel Samso. “Es lejos el que más llama la atención. Nadie deja de preguntar por él y de interpretarlo de las formas más delirantes”, comenta entre risas.
También hay tesoros como un biombo de cuero pintado con cacatúas del siglo XIX, un centro de mesa Christofle con fuente de Baccarat heredado de sus padres, lo mismo que la alfombra del living y una serie de muebles alemanes estilo nórdico de los años 70 que recibió como regalo de una gran amiga.

Los muros del living y el comedor son de un “gris elefante”, como lo describe José Miguel, tono que se aclara en el pasillo y que desemboca en un vibrante verde botella en el dormitorio principal. Esta pieza mira a la cordillera y, junto al espectacular baño de mármol verde incorporado, son el chiche de la casa.
Con una vista como suspendida sobre Santiago y un mix entre clásico y cool, nuevo y antiguo, tradicional y atrevido, este lugar no es fácil de describir. Eso sí, es evidente que los detalles no faltan: buena música, flores frescas, orquídeas y plantas al cuidado de Pablo. “Él es el encargado de los seres vivos y de los libros”, dice José Miguel.

Gozadores de la vida y de los amigos, la casa se disfruta, se habita y se celebra. Las fiestas son memorables, aunque jamás dejan rastro: todo brilla, todo está en su lugar y los vecinos jamás se han enterado. O, al menos, nunca han reclamado.