POR MARÍA JOSÉ NAZAR / FOTOS ANA MARÍA LÓPEZ

La casa de la diseñadora Leo Urruticoechea en Colico es un proyecto que se ha ido consolidando de a poco, al ritmo de las necesidades y de lo que les dice el paisaje. Un lugar sin prisas, pensado para habitar con calma y en completa complicidad con la naturaleza.

Colico tiene algo casi hipnótico. Cuesta permanecer indiferente ante el verde profundo de esa vegetación que lo rodea -tan generosa que por momentos parece impenetrable- y el azul intenso del lago. Ante este espectáculo, la diseñadora Leo Urruticoechea aceptaba encantada las invitaciones que les hacían junto a su familia durante las vacaciones. Eran estadías aprovechadas al máximo entre baños eternos en el lago, caminatas por el bosque y una tranquilidad difícil de encontrar en su querido Cachagua. De a poco, y con calma, se fue armando la idea de tener un rincón aquí. Hasta que, sin buscarlo, apareció la posibilidad de hacer algo propio. “Fue toda una apuesta, decidimos probar”, cuenta. Partieron con lo esencial: una cabaña de dos piezas, un quincho que funcionara como living, comedor y pequeña cocina, y una casa bote. Lo justo para empezar. El proyecto se encargó a Estudio Valdés + Cruz Villalobos Demaria (@estudiovaldesarquitectos), con quienes ya habían trabajado antes. Conocen su rigurosidad, y comparten una sensibilidad estética muy cercana.

Luminosas, amplias y de líneas simples, las construcciones se apoyan en una materialidad muy clara: madera y fierro negro. “Para la arquitectura me gustan las casas más bien sobrias, sin tanta sofisticación ni efectos especiales”, dice. Con esa idea, ambos materiales se transformaron en la base de una propuesta contemporánea donde grandes ventanales recorren los volúmenes de lado a lado, dejando que el lago y el paisaje entren sin filtros.
Había, eso sí, una decisión clave. Mientras muchos buscan instalarse en la parte más alta del terreno para tener vistas panorámicas, aquí pasó todo lo contrario. Quisieron acercarse al lago lo más posible. No para mirarlo desde lejos, sino para vivirlo. Tenerlo a unos pasos, incorporarlo a la rutina diaria, sentir que siempre está ahí.

Algo parecido ocurrió con el bosque. La intervención fue mínima y la arquitectura se adaptó a él, haciéndolo parte del lugar. La pasarela exterior, por ejemplo, avanza entre una fila de coigües existentes que se incorporaron a la estructura.
El período de prueba fue corto. Con la familia completamente enamorada del lugar, pronto llegó una segunda etapa: más piezas y la ampliación del quincho para poder recibirlos a todos. La estructura fue tomando una lógica modular, con volúmenes conectados que permiten habitarlo de distintas maneras según cuántos lleguen. A veces pocos. A veces muchos.
El interior -dice su dueña- sigue evolucionando. Con los años al frente de La Cachagüina (@lacachaguina), reconoce que la decoración todavía está en proceso. “Se me hace más fácil decorar una casa en la playa, por la historia que tengo con ella y con esa estética. Aquí he ido de a poco, descubriendo lo que necesita mientras la vivimos”, explica. También quiso evitar una lectura demasiado literal del sur. “No quería llenarla de artesanía o mantos típicos de la zona. Me interesa que tenga una identidad propia”.

Fibras naturales y una selección de muebles de madera en tonos claros y negro de Broca predominan en cada espacio. Uno de los gestos más inesperados fue aceptar la sugerencia de los arquitectos de pintar el piso del quincho en rojo, el mismo color de la puerta de entrada. Al principio dudó. Temía que resultara demasiado fuerte. Pero al hacer las pruebas entendió que era la decisión correcta. Desde entonces, el rojo aparece también en pequeños detalles que van armando un hilo conductor. Afuera, en cambio, todo se mantiene casi intacto. Coigües, avellanos, robles, lingues, ulmos y mañíos siguen marcando el carácter del lugar gracias a la decisión de intervenir solo lo justo. Para el jardín los ayudó su cuñada, la paisajista Pilar Irarrázaval (@lacabanapv), experta en flora de la zona. La idea fue replicar el mismo lenguaje natural del en- torno, incorporando lupines, margaritas, nalcas y helechos que crecen con bastante libertad y se mezclan con la vegetación existente.

Entre trekking por los cerros, salidas a navegar, lecturas inagotables
y horas en el lago, los días aquí pasan volando. El punto de encuentro termina siendo la terraza. También el lugar donde más se vive, según su dueña. Abierta hacia el lago y protegida por la sombra de los árboles, se pensó con distintos sectores para descansar y compartir. Y a unos pasos, la cuba siempre lista.
Finalmente, la casa ya encontró su ritmo. Y ellos también.